29 de octubre de 2011


De coaliciones, políticos y chimpancés 

Alfonso Fernández Tresguerres

Los arreglos de los políticos humanos no se alejan tanto de las coaliciones observadas entre chimpancés

Quienes ignoran todo de la Etología, no sólo se engañan en su concepción del mundo animal, con frecuencia similar a la del automatismo de las bestias, heredada del racionalismo moderno, sino que suelen ser víctimas, también, de un espejismo no menos frecuente y acaso más grave: el de suponer que nuestra propia especie se ha constituido merced a un virtuoso salto en el vacío («salto a la reflexión», lo llaman algunos; la aparición del reino de la noosfera, dice el padre Teilhard de Chardin), cuando no mediante una suerte de participación directa en el espíritu divino; participación de la que es responsable Dios mismo; en todo caso, un buen día el cosmos presenció asombrado nuestra emergencia, convertidos ya en este bípedo implume y pensante. Darwin y los etólogos nos despertaron, sin embargo, de este dulce sueño –al menos a aquéllos dotados de un dormir más inquieto–. Hoy sabemos que somos animales y que sólo con la mirada puesta en el animal nos será factible decir algo atinado sobre nosotros mismos, lo que no implica arrojarnos en brazos del reduccionismo etologista, en el que toda diferencia significativa acaba por diluirse en las semejanzas. Si de lo que se trata es de saber quiénes somos, tenemos que ser capaces de subrayar las diferencias sobre el fondo de las similitudes. Por ejemplo, en esto de la política.

La sociedad política ni brota de la nada ni es un legado de los dioses, sino el resultado de la transformación de la sociedad humana natural; pero lo que sea ésta no puede ser determinado más que en confrontación con las sociedades naturales presentes en el mundo animal, particularmente en los primates. Por supuesto, es obvio que el paso de la sociedad natural a la sociedad política, y la sociedad política misma, son el resultado de complejos factores económicos, jurídicos o morales; elementos todos ellos culturales en sentido objetivo, que sólo por vía de pura especulación ficticia podrían ser atribuidos a los animales. Por ello, quedarnos únicamente con las semejanzas puramente formales que el juego político humano presenta con determinados comportamientos detectables en el mundo animal, sería, sin duda, ceguera imperdonable y renuncia expresa a entender nada sustancial. Pero ignorarlas, resultaría, acaso, torpeza no menos culpable. Yo ahora voy a limitarme a un simple ejemplo, pero inquietante.
En los años ochenta, el etólogo Frans de Waal dio a conocer un interesante estudio titulado La política de los chimpancés. El título, por lo que acabamos de decir, resulta seguramente excesivo: en los chimpancés no hay ni puede haber política. En cualquier caso, en el grupo de chimpancés estudiado por Waal hay tres machos adultos enfrentados en una permanente lucha por el poder. Luit es el macho alfa, Nikkie el beta y Yeroen el gamma. Eso significa que Luit puede dominar a cualquiera de los otros dos individualmente, aunque no hacer frente a una coalición entre ellos; Nikkie, por su parte, puede dominar a Yeroen, pero no a Luit; por último, Yeroen está condenado a ser el tercero; pero eso, paradójicamente, le convierte en el más influyente de los tres, porque tanto Luit como Nikkie han de ganárselo como aliado si quieren alcanzar el poder. De manera que la fuerza de Yeroen radica en el hecho de que con su actuación puede decidir quién será el líder del grupo (es llave,se dice en nuestro argot político). Finalmente, el «débil» Yeroen decide dar su apoyo a Nikkie, pero amenazando siempre con abandonarle y establecer una coalición con Luit. Es la «dictadura del tercero»: cortejado y agasagado por los otros dos, él es, realmente, quien manda, quien domina a los otros; a uno, con la amenza de destronarle; al otro, con la coquetería de la mujer deseada que, sin acabar de entregarse, promete, no obstante, dulzuras sin fin.
La anéctoda es un caso característico de coalición en tríadas: concretamente, el número 5 de los ocho tipos básicos estudiados por Theodore Caplow en su obraDos contra uno: teoría de coaliciones en las tríadas. Se trata, sin duda, de una de las situaciones más características y frecuentes en el juego político humano. El lector, más versado en política que yo, puede ocuparse en la instructiva tarea de efectuar la traducción pertinente: para ello apenas necesita más que cambiar algunos nombres propios. Naturalmente, no hace falta indicarle que el conflicto puede resolverse de otro modo, pero lo interesante es que siempre es el individuo C (Yeroen) quien decide: puede optar por unirse a B (como en el caso que nos ocupa), pero también por coaligarse con A, o con ninguno, y en este caso será quien tenga el control de la inestabilidad reinante, o también puede adoptar la estrategia de apoyar a cada uno de los otros en según qué circunstancias (en «temas puntuales», como se dice). Sea como sea, él manda. Y simulará no hacerlo. Y simulará que en todas sus decisiones no le guia otro interés que el bien (la «gobernabilidad») del grupo. Como ha escrito François de la Rochefoucauld: «El interés habla toda suerte de lenguas y representa toda suerte de personajes, incluso el del desinteresado»
tomado de http://www.nodulo.org 

27 de octubre de 2011


EL CULTO AL AVISPADO


Conferencia del rector de la Universidad Eafit, Doctor Juan Luis Mejía A.,  dictada recientemente en Integral S.A.

En 1914, Don Jesús del Corral publicó su famoso cuento Que Pase el Aserrador, el cual, desde entonces, figura en todas las antologías de la literatura colombiana, dado que reúne las calidades literarias del cuentobien escrito: historia atrayente, narración concisa y eficaz, humordosificado, final inesperado.

La pequeña obra de Don Jesús narra las aventuras de Simón Pérez, desertor de uno de los ejércitos en contienda en la guerra civil de 1885 y quien, en compañía de un soldado boyacense, se internó en las selvas del bajo Cauca en busca de una mina de oro que estaba montando el Conde de Nadal a orillas del río Nus. 

A pesar de su total ignorancia en el oficio, Simón se hizo pasar por experto aserrador y a punto de trovas, cuentos, embustes y brebajes, obnubiló a la familia del Conde y pasó dos años a cuerpo de reyen la mina, mientras por ingenuo y crédulo "aquel pobre indio de Boyacá se murió de hambre sin llegar a ser aserrador".Fuera de sus valores literarios, en el imaginario colectivo, el cuento representa el arquetipo del antioqueño: recursivo, atrevido, chacharachero,audaz. Hay una palabra que agrupa con precisión todas estas características: el avispado.El pueblo antioqueño creó el culto al avispado. 


El avispado tiene profunda confianza en sí mismo, por tanto no requiere de preparación, dado que su astucia natural le permite salir triunfante en todas las situaciones. Elavispado no prevé las situaciones, las resuelve en cada momento gracias a su viveza. El avispado no hace empresas, hace negocios. Para el avispado la mejor universidad es la calle y la vida. El avispado no cree en el esfuerzo pues sabe cómo se la gana de ojo. El avispado no conversa sino que se come de cuento a la gente. El avispado es cañero, fafarachero,lanza, espuelón, fregao y ventajoso, tiene agallas y se lleva a todo el mundo por delante.


El avispado se ufana: "Yo no lo tumbé, el se cayó sólo". Para el avispado no hay mayor triunfo que sacar ventaja en cada negocio.Es muy simbólico el léxico utilizado por el habla popular para exaltar la figura del avispado, por lo general asociado con la fauna predadora. Para destacar a alguien nos referimos a él como una fiera, un tigre, un águila,una culebra. Por el contrario, la víctima del avispado se asocia con la flora: una papa, un aguacate, un arracacho, una torta. Claro que no faltanlos elementos faunísticos como el marrano y el burro o cierto órgano masculino.

En fin, es el imaginario popular de una sociedad que le confirió más valor a la intuición que al conocimiento, a la improvisación que a la planeación. Ya desde la escuela se desprestigia el saber. No hay mayor ofensa para un escolar que se le tilde de nerd. En reciente estudio sobreel parlache, el lenguaje de las tribus urbanas de Medellín, los nerds son definidos como "Los inteligentes del salón, usan gafas y visten raro" -vestir raro es usar ropa común y corriente-. Es el término que reemplaza al sapo, al mamasanto, al lambón de otras épocas.
El avispado tiene profunda confianza en sí mismo, no tiene dudas. Tiene respuestas para todo pero hace muy pocas preguntas. 


Ya Estanislao Zuleta nos había revelado que la ignorancia no es un estado de vacío sino de llenura.Por el contrario, el conocimiento es un salto al vacío. El científico tiene más preguntas que respuestas. Cada logro de la ciencia no es un punto de llegada sino el lugar donde surgen los nuevos interrogantes. "Sólo sé que nada sé" decía Sócrates con humildad. "Yo me las sé todas" farfulla con arrogancia el avispado.El avispado está conforme con el mundo mientras no le afecte su estatus.Por el contrario, el arte y la ciencia nacen de la inconformidad. 

Aquel que está insatisfecho con el mundo decide reinterpretarlo o recrearlo. El espíritu crítico permite que la humanidad avance. Por eso la Universidad no puede perder jamás el espíritu de indagación. La Universidad, en síntesis, es la ventana por la cual nos asomamos a indagar el Universo, a extraerle con cuentagotas sus arcanos secretos, sus leyes más profundas.

Una política educativa centrada en la calidad y la cobertura es una política trunca. Ya sabemos que la educación no es sólo responsabilidad del sistema educativo sino que es un proceso complejo en el cual convergen todos los estamentos sociales. Para tener una sociedadeducada se requiere primero una sociedad educadora. Y el primer papel de esa sociedad es crear el ambiente propicio para que florezca el conocimiento. Una sociedad quevalore al científico, al intelectual, al artista, por encima del avispado.Una sociedad donde el saber y el conocimiento sean un deleite, una aventura apasionante y no una fuente de tortura y padecimiento como ocurre hoy en nuestra educación básica.Nos sentimos orgullosos de vivir en un país con la mayor biodiversidad del planeta tierra, es decir el mayor banco genético de la humanidad. Pero hoy no importa tanto la biodiversidad, que es un fenómeno natural, sino elsaber sobre esa biodiversidad que es un hecho cultural. Ese saber se encuentra en otras latitudes. Es como si poseyéramos una gran riqueza depositada en el banco, pero la clave para extraer el dinero la tieneotro.Hace ya varios años eleconomista brasileño Celso Furtado preveía que en elsiglo XXI existirían dos tipos de países: Unos que enriquecerían al patrimonio común de la humanidad a través de su creación e innovación y otros que se deberían resignar al papel de simples receptores de bienes yconocimientos emanados en otras esferas. 

Según las decisiones que hoy tomemos, las próximas generaciones estarán ubicadas en una de las dos orillas: en la de la creación o en la del simple consumo.El actual modelo de desarrollo tiene como
principales indicadores las variables positivas o negativas del PIB. 

A pesar de que estos indicadores tienden a ser optimistas, en materia de conocimiento los datos son desalentadores. América Latina aporta el 1% del total de científicos delmundo y Colombia contribuye con el 1% del total de América Latina. Es decir, en materia de conocimiento aportamos a la humanidad el 1% del 1%.Un verdadero y real Producto Interno Bruto. Y eso que somos tan avispados.


Otro dato que nos retrata: en los productos que conforman la canasta familiar no figuran los libros pero si las fotocopias.Pero es que también terminamos de estudiar. Al finalizar la llamada moratoria social, en la cual al joven se le excusa de trabajar para que dedique ese tiempo a su formación, se considera que termina de estudiar al culminar sus ciclos académicos. Puede que ese concepto hubiera tenido validez hace unas décadas cuando los cambios tecnológicos eran lentos, las transformaciones del entorno pausadas y los conocimientos y las destrezas adquiridas en el período universitario tenían vigencia por el resto de la vida. Pero hoy, con el vértigo del mundo conectado en línea en tiempo real, con asombrosos avances que a duras penas nos permiten asimilarlos, terminar de estudiar constituye un suicidio intelectual y social. Por ello, el sistema educativo, fuera de la transmisión de conocimientos básicos y de formar en las destrezas propias para ingresar al mundo laboral, debe sembrar el ansia de saber y la curiosidad permanente, acompañadas de las herramientas metodológicas que permitan que la indagación tenga un sentido y sea eficaz y pertinente.


En la última edición del diccionario portugués encontré la poética y muy brasileña definición de la palabra saudade: "Sentimiento más o menos melancólico de incompletud". Retomo ese concepto de incompletud para aplicarlo al hombre  y la mujer contemporáneos: qué incompleto es aquel que se da por satisfecho con lo aprendido, qué incompleto el que ha perdido la capacidad de asombro ante las propuestas del arte y la poesía; qué incompleto aquel que no se interroga ante los asombrosos descubrimientos de la ciencia. Vano fue su paso por la vida.
Una última recomendación: Desconfiad del avispado.

20 de septiembre de 2011

La metodología de los "Síndromes de Cambio Global"


Me parece interesante de esta mirada sistemica, que  ilustra  y explica  funcional o fisiologicamente la compresión de este silencioso pero letal fenómeno del cambio global.

 El Consejo Consultivo Alemán sobre el Cambio Mundial confecciono la lista de las 12 "enfermedades del suelo" antropógenas más importantes: "Los nombres elegidos para esos síndromes son deliberadamente simbólicos, y cada uno de ellos ha sido asociado a un área de crisis determinada o a un fenómeno llamativo vinculado al síndrome. 


Sin embargo, la denominación siempre se refiere a un síndrome en concreto que se produce o se puede producir en diferentes regiones del mundo. 

Esos doce síndromes, que son en cierta medida "diagnósticos geodermatológicos" de la "piel" de nuestro planeta,  y son:

1. El cambio de los usos tradicionales de la tierra: el síndrome Huang He.

2. La degradación del suelo por efecto de la agricultura mecanizada: el síndrome de Dust Bowl.

3. La utilización excesiva de tierras marginales: el síndrome del Sahel.

4. La conversión y/o sobreexplotación de los bosques y de otros ecosistemas: el síndrome de Sarawak,

5. La planificación inadecuada de proyectos agrícolas en gran escala: el síndrome del Mar de Aral.

6. El transporte a distancia de nutrientes y de contaminantes: el síndrome de la lluvia ácida.

7. La contaminación local, la acumulación de desechos y la contaminación heredada: el síndrome de Bitterfeld.

8. La urbanización sin control: el síndrome de São Paulo.

9. El desarrollo excesivo y la expansión de la infraestructura: el síndrome de Los Angeles.
10. Minería y prospecciones: el síndrome de Katanga.
11. La degradación del suelo y de la tierra por causa del turismo: el síndrome de los Alpes.
12. La degradación del suelo y de la tierra como consecuencia de acciones bélicas y militares: el síndrome de la tierra quemada.

En base al análisis de cada síndrome pueden identificarse medidas específicas para su solución y formularse recomendaciones para adoptar medidas.


Fuente: Consejo Consultivo Alemán sobre el Cambio Mundial, Summary for Policymakers. World in Transition: The Threat to Soil, reimpresión, Berlín 2001. Véase también:  http://www.wbgu.de/wbgu_jg1994_kurz_engl.html 

 Recomiendo  mirar aca:


29 de julio de 2011

Tres versiones de Judas

Jorge Luis Borges
(Artificios, 1944; Ficciones, 1944)
There seemed a certainity in degradation.
T. E. Lawrence: Seven Pillars of Wisdom,ciii

 En el Asia Menor o en Alejandría, en el segundo siglo de nuestra fe, cuando Basílides publicaba que el cosmos era una temeraria o malvada improvisación de ángeles deficientes, Niels Runeberg hubiera dirigido, con singular pasión intelectual, uno de los coventículos gnósticos. Dante le hubiera destinado, tal vez, un sepulcro de fuego; su nombre aumentaría los catálogos de heresiarcas menores, entre Satornilo y Carpócrates; algún fragmento de sus prédicas, exonerado de injurias, perduraría en el apócrifo Liber adversus omnes haereses o habría perecido cuando el incendio de una bibilioteca monástica devoró el último ejemplar del Syntagma. En cambio, Dios le deparó el siglo veinte y la ciudad universitaria de Lund. Ahí, en 1904, publicó la primera edición de Kristus och Judas; ahí, en 1909, su libro capital Den hemlige Frälsaren. (Del último hay versión alemana, ejecutada en 1912 por Emili Schering; se llama Der heimliche Heiland.)
         Antes de ensayar un examen de los precitados trabajos, urge repetir que Nils Runeberg, miembro de la Unión Evangélica Nacional, era hondamente religioso. En un cenáculo de París o aun en Buenos Aires, un literato podría muy bien redescubir las tesis de Runeberg; esas tesis, propuestas en un cenáculo, serían ligeros ejercicios inútiles de la negligencia o de la blasfemia. Para Runeberg, fueron la clave que descifra un misterio central de la teología; fueron materia de meditación y análisis, de controversia histórica y filológica, de soberbia, de júbilo y de terror. Justificaron y desbarataron su vida. Quienes recorran este artículo, deben asimismo considerar que no registra sino las conclusiones de Runeberg, no su dialéctica y sus pruebas. Alguien observará que la conclusión precedió sin duda a las “pruebas”. ¿Quién se resigna a buscar pruebas de algo no creído por él o cuya prédica no le importa?
         La primera edición de Kristus och Judas lleva este categórico epígrafe, cuyo sentido, años después, monstruosamente dilataría el propio Nils Runeberg: No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas (De Quincey, 1857). Precedido por algún alemán, De Quincey especuló que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma; Runeberg sugiere una vindicación de índole metafísica. Hábilmente, empieza por destacar la superfluidad del acto de Judas. Observa (como Robertson) que para identificar a un maestro que diariamente predicaba en la sinagoga y que obraba milagros ante concursos de miles de hombres, no se requiere la traición de un apostol. Ello, sin embargo, ocurrió. Suponer un error en la Escritura es intolerable; no menos tolerable es admitir un hecho casual en el más precioso acontecimiento de la historia del mundo. Ergo, la traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención. Prosigue Runeberg: El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la carne; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre. Judas, único entre los apóstoles intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesus. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y ser huésped del fuego que no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús. De ahí los treinta dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aun más la Reprobación. Así dilucidó Nils Runeberg el enigma de Judas.
         Los teólogos de todas las confesiones lo refutaron. Lars Peter Engström lo acusó de ignorar, o de preterir, la unión hipostática; Axel Borelius, de renovar la herejía de los docetas, que negaron la humanidad de Jesus; el acerado obispo de Lund, de contradecir el tercer versículo del capítulo 22 del Evangelio de San Lucas.
         Estos variados anatemas influyeron en Runeberg, que parcialmente reescribió el reprobado libro y modificó su doctrina. Abandonó a sus adversarios el terreno teológico y propuso oblicuas razones de orden moral. Admitió que Jesús, «que disponía de los considerables recursos que la Omnipotencia puede ofrecer», no necesitaba de un hombre para redimir a todos los hombres. Rebatió, luego, a quienes afirman que nada sabemos del inexplicable traidor; sabemos, dijo, que fue uno de los apóstoles, uno de los elegidos para anunciar el reino de los cielos, para sanar enfermos, para limpiar leprosos, para resucitar muertos y para echar fuera demonios (Mateo 10: 7­8; Lucas 9: 1). Un varón a quien ha distinguido así el Redentor merece de nosotros la mejor interpretación de sus actos. Imputar su crimen a la codicia (como lo han hecho algunos, alegando a Juan 12: 6) es resignarse al móvil más torpe. Nils Runeberg propone el móvil contrario: un hiperbólico y hasta ilimitado ascetismo. El asceta, para mayor gloria de Dios, envilece y mortifica la carne; Judas hizo lo propio con el espíritu. Renunció al honor, al bien, a la paz, al reino de los cielos, como otros, menos heroicamente, al placer.[1] Premeditó con lucidez terrible sus culpas. En el adulterio suelen participar la ternura y la abnegación; en el homicidio, el coraje; en las profanaciones y la blasfemia, cierto fulgor satánico. Judas eligió aquellas culpas no visitadas por ninguna virtud: el abuso de confianza (Juan 12: 6) y la delación. Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno. Pablo ha escrito: El que se gloria, gloríese en el Señor (I Corintios 1: 31); Judas buscó el Infierno, porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres.[2]
         Muchos han descubierto, post factum, que en los justificables comienzos de Runeberg está su extravagante fin y que Den hemlige Frälsaren es una mera perversión o exasperación de Kristus och Judas. A fines de 1907, Runeberg terminó y revisó el texto manuscrito; casi dos años transcurrieron sin que lo entregara a la imprenta. En octubre de 1909, el libro apareció con un prólogo (tibio hasta lo enigmático) del hebraísta dinamarqués Erik Erfjord y con este pérfido epígrafe: En el mundo estaba y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció (Juan 1: 10). El argumento general no es complejo, si bien la conclusión es monstruosa. Dios, arguye Nils Runeberg, se rebajó a ser hombre para la redención del género humano; cabe conjeturar que fue perfecto el sacrificio obrado por él, no invalidado o atenuado por omisiones. Limitar lo que padeció a la agonía de una tarde en la cruz es blasfematorio.[3] Afirmar que fue hombre y que fue incapaz de pecado encierra contradicción; los atributos de impeccabilitas y de humanitas no son compatibles. Kemnitz admite que el Redentor pudo sentir fatiga, frío, turbación, hambre y sed; también cabe admitir que pudo pecar y perderse. El famoso texto Brotará como raíz de tierra sedienta; no hay buen parecer en él, ni hermosura; despreciado y el último de los hombres; varón de dolores, experimentado en quebrantos (Isaías 53: 2­3), es para muchos una previsión del crucificado, en la hora de su muerte; para algunos (verbigracia, Hans Lassen Martensen), una refutación de la hermosura que el consenso vulgar atribuye a Cristo; para Runeberg, la puntual profecía no de un momento sino de todo el atroz porvenir, en el tiempo y en la eternidad, del Verbo hecho carne. Dios totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas.
         En vano propusieron esa revelación las librerías de Estocolmo y de Lund. Los incrédulos la consideraron, a priori, un insípido y laborioso juego teológico; los teólogos la desdeñaron. Runeberg intuyó en esa indiferencia ecuménica una casi milagrosa confirmación. Dios ordenaba esa indiferencia; Dios no quería que se propalara en la tierra Su terrible secreto. Runeberg comprendió que no era llegada la hora: Sintió que estaban convergiendo sobre él antiguas maldiciones divinas; recordó a Elías y a Moisés, ,que en la montaña se taparon la cara para no ver a Dios; a Isaías, que se aterró cuando sus ojos vieron a Aquel cuya gloria llena la tierra; a Saúl, cuyos ojos quedaron ciegos en el camino de Damasco; al rabino Simeón ben Azaí, que vio el Paraíso y murió; al famoso hechicero Juan de Viterbo, que enloqueció cuando pudo ver a la Trinidad; a los Midrashim, que abominan de los impíos que pronuncian el Shem Hamephorash, el Secreto Nombre de Dios. ¿No era él, acaso, culpable de ese crimen oscuro? ¿No sería ésa la blasfemia contra el Espíritu, la que no será perdonada (Mateo 12: 31)? Valerio Sorano murió por haber divulgado el oculto nombre de Roma; ¿qué infinito castigo sería el suyo, por haber descubierto y divulgado el horrible nombre de Dios?
          Ebrio de insomnio y de vertiginosa dialéctica, Nils Runeberg erró por las calles de Malmö, rogando a voces que le fuera deparada la gracia de compartir con el Redentor el Infierno.
         Murió de la rotura de un aneurisma, el primero de marzo de 1912. Los heresiólogos tal vez lo recordarán; agregó al concepto del Hijo, que parecía agotado, las complejidades del mal y del infortunio.

1944


[1] Borelius interroga con burla: ¿Por qué no renunció a renunciar? ¿Porqué no a renunciar a renunciar?. [2] Euclydes da Cunha, en un libro ignorado por Runeberg, anota que para el heresiarca de Canudos, Antonio Conselheiro, la virtud «era una casi impiedad». El lector argentino recordará pasajes análogos en la obra de Almafuerte. Runeberg publicó, en la hoja simbólica Sju insegel, un asiduo poema descriptivo, El agua secreta; las primeras estrofas narran los hechos de un tumultuoso día; las úttimas, el hallazgo de un estanque glacial; el poeta sugiere que la perduración de esa agua silenciosa corrige nuestra inútil violencia y de algún modo la permite y la absuelve. El poema concluye así: El agua de la selva es feliz; podemos ser malvados y dolorosos. [3] ­Maurice Abramowicz observa: “Jésus, d'aprés ce scandinave, a toujours le beau rôle; ses déboires, grâce à la science des typographes, jouissent d'une réputabon polyglotte; sa résidence de trente­trois ans parmi les humains ne fut en somme, qu'une villégiature”. Erfjord, en el tercer apéndice de la Christelige Dogmatik refuta ese pasaje. Anota que la crucifixión de Dios no ha cesado, porque lo acontecido una sola vez en el tiempo se repite sin tregua en la eternidad. Judas, ahora, sigue cobrando las monedas de plata; sigue besando a Jesucristo; sigue arrojando las monedas de plata en el templo; sigue anudando el lazo de la cuerda en el campo de sangre. (Erlord, para justificar esa afirmación, invoca el último capítulo del primer tomo de la Vindicación de la eternidad, de Jaromir Hladík).